“La obra perfecta de la agresividad es conseguir que la víctima admire al verdugo.”
- Victoria Sau -
Se llama Marcela Lagos, estudiante de la UNAM, se enamoró de un profesor llamado Arturo Noyola Robles. La relación resultó ser un caso más de violencia, de tortura psicológica hacia la mujer. Les dejo su testimonio:
Dividida. Así me sentía: una parte de mí, esa parte que lo amaba deseaba estar con él, mi parte inconsciente, mi lado sentimental; pero la otra mitad, la racional, deseaba alejarse de su violencia. Sí lo quise, sí… y lo amé más que a mí misma… lo amé sobre mí misma. Entonces no sabía bien cómo fue que comenzó la violencia y cómo llegué a permitir tanto sobajamiento para mi ser. Cuando volteé dentro de mí ya parecía demasiado tarde, ya estaba tan inmersa en eso, ya me tenía tan consumida, tan afectada, tan dañada por su abuso. Él realizó un trabajo impecable para lograr mantenerme ahí, y lo consiguió a través de conocer mis temores, mis debilidades, mis fantasmas.
Mucha gente me ha preguntado por qué seguí al lado de un hombre violento. Siempre respondí que porque lo amaba. Es verdad: lo amaba. Pero no sólo fue por amor, también fue la culpa que sentía al pensar que algo en mí lo había hecho enojar; la culpa que sentía al pensar que si me hubiera portado “bien”, nada de eso hubiera pasado. Él consiguió poner en mí la semilla de la culpa que me mantuvo a su lado: entonces debía soportar sus castigos: cachetadas, insultos, gritos e incluso silencios.
También se encargó de poner frente a mí el espejo de la realidad, como él decía. Se trataba de un espejo que sólo proyectaba lo que él quería hacerme creer y que le servía para mantenerme a su lado: ese espejo transformaba a la gente más cercana y querida por mí en algo despreciable, grotesco, maligno; ese espejo me mostraba a mí de la misma manera que a ellos, mientras que él aparecía como el único capaz de convertir la fealdad de mi alma en algo bello y respetable.
Sus palabras y argumentos me hicieron creer que mi vida lejos de él no era una vida que valía la pena ser vivida, según decía: yo, una puta —como le gustaba llamarme en sus cotidianos arranques de ira—, no tenía un futuro prometedor, no estaba rodeada de personas que fueran dignas de ningún respeto. Gran parte de mí creía lo que me decía… sólo una pequeña parte ponía en duda sus palabras. Debía estar con él, lo amaba; debía estar con él, con la única persona que hacía de mi vida jodida una vida digna; debía estar con él, pero me estaba consumiendo y lo sentía; debía estar con él, pero le temía.
Sin embargo, no era posible estar con él: mi cuerpo se debilitaba físicamente. Dicen que las palabras hieren más que los golpes y es verdad. Después de horas de abuso psicológico mi cuerpo quedaba agotado, sin fuerza para levantarme, como si me hubiera dado una golpiza, y sólo deseaba dormir. Todos los golpes que me dio —a pesar de que conservo la cicatriz en la muñeca derecha de una mordida que me hizo— sanaron; pero las heridas de mi alma… ésas siguen —aunque cada vez más debilitadas— como un eco.
Por mi temor, por mi sentimiento de culpabilidad, por mi amor, por mi angustia de saberme lejos de lo que creía que era lo único valioso que tenía, por todo ello permití tantos abusos sobre mí e incluso sobre mi familia. Le permití todo…TODO. Incluso le permití que su violencia llegara hasta el ámbito académico: respaldándose en su posición con profesor, mi tesis también llegó a formar parte de sus amenazas, de sus insultos, de sus humillaciones…
Sí, salió en el periódico. Sí, presenté una carta a la universidad.
Hasta que un día toqué el fondo del infierno y ese día grité, entre lágrimas, ayuda para salir. La espiral de salida es resbalosa, espinosa y engañosa; se debe subir con pasos firmes, lentos. Mi recuperación ha sido y seguirá siendo un proceso largo. La relación violenta en la que viví durante los últimos años es sólo una pequeña parte de la cola del monstruo que se ha alimentado de mis debilidades y me ha acompañado gran parte de mi vida: la inseguridad, el miedo al abandono y al rechazo, la necesidad de ser amada y aceptada por él, alguien que ante el público aparece como un hombre culto, respetable, admirable, encantador, pero que en la intimidad terminó siendo un hombre cruel y despiadado.
Cuando una va desplazando poco a poco sus límites al antojo del otro, al final termina entregando su propia vida a otra persona para que haga con ella lo que quiera. Hasta que parece demasiado tarde para gritar que no se tolerará un abuso más.
Sé que mi voz es la de muchas otras mujeres que por vergüenza o miedo no se han atrevido a denunciar o simplemente a hablar al respecto con personas cercanas a ellas. La violencia contra las mujeres crece y se fortalece con el silencio de cada una de nosotras. El hombre que abusó de mí emocional y físicamente se lo hizo a otra antes y a otra después mí. Y en ese sentido, el que le pega a una le pega a todas, no por simple empatía entre nosotras, sino porque se trata de conductas reiteradas entre los hombres que agreden mujeres. De no alzar la voz y gritar ¡¡YA BASTA!!, seguirán ocurriendo en la oscuridad y el anonimato.
Marcela Lagos.
Publicado en:
http://www.animalpolitico.com/blogueros-ladelcabaret/2011/07/22/el-silencio-cede/
Por Minerva Valenzuela